sábado, 2 de junio de 2012

VIAVÉLEZ - (EL PORTO)


                                

                                                     VIAVÉLEZ - (EL PORTO)
                                                    ( Por  Vicente  Pérez  Suárez)

     Por primera vez tengo el honor de escribir en este precioso libro de las fiestas del Ángel del bello pueblo de Viavélez, llamado también, popularmente, El Porto. Como es mi costumbre, el primer escrito que dedico a un pueblo intento resumir un poco su historia, ya que estos libros no dan para mucho más.
      Viavélez es un hermoso pueblo-villa de pescadores, marineros, marinos ilustres y alcaldes. Entre estos últimos, debemos citar a D. Maximino García Santamarina, capitán práctico mayor de la marina mercante en La Habana y alcalde de El Franco, (1912-1914); D. Francisco Ron Magdalena, capitán de la marina mercante y alcalde en 1914 (8 meses) y por 2ª vez 1924-1930; D. Patricio Pérez Villademoros, capitán de la marina mercante y alcalde 1923-1924 (6 meses); D. José García Monteavaro, igualmente, capitán de la marina mercante y alcalde de El Franco (1942-1946). Todos ellos naturales de Viavélez. Habría que citar muchas otras personas: pescadores, marineros, etc., pero esto no da para más.
      Viavélez  (Via Velae camino de la navegación) es una pequeña villa muy metida en el mar que pertenece a la parroquia de La Caridad hasta el río Vio y, el resto a la de Valdepares. Está edificado sobre un peñasco que da cara al puerto. Sus casas dan la sensación de ser construidas  improvisadamente sobre la roca, con calles estrechas y curvas, formando rampa a la que dan las puertas, ventanas y techos de casas limpias y pintadas de variados colores, con humeantes chimeneas y adornadas de pequeños jardines y macetas con geranios y rosas, colocadas simétricamente sobre las estrechas aceras, aprovechando el terreno hasta el límite. Incluso existe algún pequeño huerto.
      Viavélez .en un barrio tradicional de pescadores. El primer pescador, hace unos cien años, fue un tal Antonio Mariñas, el Valenciano, que ya tenía una lancha motora que la llamaba “Aquí está”. Desde entonces muchos de sus vecinos se dedican a la pesca, llegando a tener una flota de tres lanchas grandes para la pesca de merluza, de 25 T. de registro bruto total, con una tripulación de 21 pescadores. Poseían, además,  otras 7 motoras pequeñas para el pulpo, nécoras y salmonete, de unas 4 ó 5 T. y una tripulación de  14 hombres. Existe la Cofradía de Pescadores “El Santo Ángel”.
      En el reducido puerto, del siglo XVIII, se puede ver bambolear esta pequña flota, cuyos cascos pintados de vistosos colores, brillan bajo el sol y la lluvia, cuando no salen por el mar bravío en busca del sustento de la vida diaria de sus tripulantes, mientras sus familias aguardan su feliz regreso, después de un día duro y lleno de zozobras.
      Antes había por cerca del puerto 4 bares: comercio-bar “Casa Ramira”, donde se vendía casi de todo; “A Bodega”; “Casa de Gerardo” y, durante el verano, el restaurante “Viavélez-Taberna, paseo del pescador”, que es el único que  funciona durante el estío. por lo demás no hay donde tomar un vaso de vino, cosa que  echan mucho de menos los visitantes a este poético pueblín.
      Después de dar una vuelta por  el tranquilo y poco concurrido paseo marítimo, contemplando las casas escalonadas, las tranquila bahía y el oleaje del mar, subimos un poco por cualquier callejuela hasta llegar a la capilla del Santo Ángel, patrono del pueblo, cuya fiesta se celebra el primer domingo de agosto. Hace muchos años la romería se celebraba arriba en un prado junto al mar y la verbena era abajo en el puerto. Hoy se hace todo en un conjunto muy llamativo y festero en torno a la bahía portuaria, mientras el ruido de las olas del mar se confunde con la música, que invade al pueblo en fiestas. La capilla, que data del siglo XVII, tiene espadaña con tres huecos y una campana. Además del día de la fiesta, se dice –o se decía- una misa en ella por los difuntos del pueblo. Está muy bien conservada y fue adquirida y reconstruida en el año 1874 por D. José Ron Fresno; aunque este dato resulta curioso, puesto que fue hecha por donación del pueblo, pero pasó a ser propiedad de la familia Ron Santamarina ¿…?
      Subiendo desde el puerto por la calle central hasta arriba, podemos ver una amplia y hermosa llanura que enlaza a la villa de La Caridad con el barrio D’a Senra. Una llanura con bosque, praderas y elegantes y caprichosas viviendas; una meseta, donde están las antiguas escuelas y la considerable mansión o palacio del filántropo médico, D. Eduardo Jardón Perissé, -hijo y heredero de un marino de Viavélez, emigrante a  Argentina- donante de las escuelas y muy caritativo con los necesitados del pueblo; promovió algunas vías de comunicación e, incluso, daba consultas desinteresadas a enfermos. Su palacio –Quinta San Jorge- Está entre los mejores ejemplos de arquitectura eléctica de signo historicista de Asturias. Fue construido sobre el año 1914 para su residencia de verano. Dicho palacio está ligado al estilo Segundo Imperio francés, dominante en Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Allí muy cerca, podemos visitar las escuelas y su bello entorno, escuelas financiadas por el Sr. Jardón y D. Máximo Santamarina Fdz.. En 1917 se construyó una escuela mixta y vivienda adosada; más tarde, en el año 1930, también financiada por los mismos señores, se hizo la escuela para niñas, quedando la otra para niños. El primer maestro que hubo fue el zamorano D. Pedro; luego estuvo D. Juan, vecino de Loza, concejo de Coaña). Mucho más tarde fueron maestros de Viavélez, D. Juan García (Juanelo) de Valdepares, D. Manuel Díaz Fojo, vecino del mismo Viavélez, y D. Marcelino Múrias, de S. Juan de Prendonés, que lo fue hasta la agrupación en el colegio de Lóngara, año 1974. En lo que se refiere a las maestras, la primera fue Dña. Maruja Álvarez, de Villacondide; Dña. Rosario; Dña. Pilar Ávarez, de Trubia; la última fue Dña. Sara García, de Valdepares, donde vive. Puede que hubiera más, pero no tengo constancia de ello. Actualmente, los locales de las escuelas y todo su entorno está muy vistoso y recuperado. Las escuelas están dedicadas a Escuela Taller de Artes y Oficios, música y otras actividades.
      Pero en Viavélez, hace muchos años,  hubo otras cosas: En 1916 era famoso el Salón de Leandro, donde se daban comidas y bebidas y se hacían bailes amenizados con un organillo y los acordeones del Súcaro y de Malén, de La Caridad. También se hacían teatro, baile y tertulia en el saloncito de Servanda. No podemos olvidar los astilleros en los que, se dice, se hicieron  naves para la Armada Invencible de Felipe II. Hubo también una fábrica de conservas de pescado y salazones, donde trabajaban muchas mujeres. Casi toda la madera producida en El Franco se cargaba en barcos en el pequeño muelle y a sus costas venían a pescar, langosta y bogavantes, pesacadores de Cudillero y Oviñana, cuyos barcos dejaban atracados en el puerto, para ellos ir a comer en algún bar del pueblo. Cerca estaba  el cuartel de carabineros, que era todo un símbolo del pueblo y de la época, cuyo edificio permanece allí entre otras ruinas simbólicas de una antigua industria con apariencia de abandono.
      En aquellos lejanos tiempos, Viavélez era un pueblo-villa con cierta importancia industriosa, que fue desapareciendo, según decayó su pequeña industria, aumentando en la villa de La Caridad, a medida que ésta crecía en población, dando la sensación de quedar, el alegre y romántico puerto pesquero, olvidado de la atención municipal y autonómica. Últimamente se hicieron numerosas reformas y atenciones de limpieza y pintura, dándole otro carisma más atractivo, pero con muy poca vida vecinal.
      Dejamos aquí estos retales de la historia de este, todavía hermoso, pero ya no igual, rincón de Viavélez, donde huele a mar, a pescado y a flores. Este pueblín  lleno de añoranzas, romances y rincones encantados, pero con muy poca actividad. Muy solitario y silencioso.
      Es mediodía de verano. El sol cae a plomo sobre la quieta bahía. Se ven algunos turistas en bañador y hay cierta animación por el paseo marítimo. En un pequeño restaurante, con terraza –el único que queda durante el estío- se oye música y nosotros nos sentamos a la mesa para comer unos mariscos con vino blanco. Corre una ligera brisa que refresca el ambiente.

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