sábado, 26 de mayo de 2012

AMOR FRUSTRADO

                                                          ¿AMOR? FRUSTRADO
                                                             (Relato costumbrista)
                                                  Por Vicente Pérez Suárez (Miudeira)

      Una vez más nos asomamos con este escrito a las fiestas del Santo Ángel en Viavélez, de este año 2012, con el deseo de que estos festejos sirvan a este hermoso pueblín para solazarse durante estos días veraniegos, muy cerca del mar. He aquí mi colaboración:

      José Luis, un muchacho de unos 14 años, se despertó aquella mañana, un tanto aturdido y somnoliento. Había dormido mal y soñado mucho, por lo que, refregando los ojos, exclamó:
-Sin embargo, no es un sueño. Es verdad: Carmen María estuvo aquí dos meses y se marchó.

        Para entender esta historia –que puede servir de recuerdo para muchos- tenemos que retroceder esos dos meses de este despertar de José Luis y a un verano de allá por los años 40-50. A la casa del muchacho -situada en la aldea- llegaban de Cuba, a pasar dos meses, una tía suya, hermana de su madre, acompañada de una sobrina, hija de otra hermana que se había quedado en la isla caribeña. Carmen María, así se llamaba la sobrina, prima de José Luis, era un poco mayor que él. El muchacho no estaba nada entusiasmado con esta inquilina cubana, puesto que él era un chico de pueblo, hijo de unos agricultores, y, en aquella época, los pueblos, aldeas, e, incluso, España, representaban muy poco comparada con Cuba: una nación muy avanzada, por ser aliada de los EE. UU. de América. Por otra parte, José Luis, a pesar de ser inteligente y de un físico agradable, era un chico tímido y muy poco hablador, no teniéndolas todas consigo, cuando se encontrarse con aquella “intrusa” que, por el contrario, venía a España con la gran ilusión por conocer a su familia, el pueblo donde había nacido su madre y el país donde vivían. Su primo no contaba mucho en sus planes.
       Por fin, llegaron las caribeñas y José Luis comprobó que no se había equivocado: se encontró, ruborizado, con una guapa, fina y rubia muchacha cubanita, de ojos azules, sonriendo y hablando suave y diminutivamente, e inquieta como un torbellino. Abrazó y besó a la familia y a su primo, diciéndole: ¡Hola primito, que tal!, quien le causó, en principio, cierta indiferencia; no obstante, en unos días se “apoderó” de él, con el fin de pasar aquel tiempo lo más distraído posible, sin que en todo ello hubiera otros propósitos que no fueran, como digo, pasarlo lo mejor que pudieran en familia. José Luis se sintió abrumado; pero, en menos de una semana se hicieron tan amigos, como si se conocieran de siempre. Fueron pasando los días y la tía los llevó a muchos sitios a ver cosas. A Carmen María le gustaban la música, el baile, el cine; los animales, el campo, los árboles… Fueron a las fincas en el carro, allindaron las vacas, tomando parte la chica, a su manera, en las faenas camperas de la época. Por otra parte, los muchachos hacían vida por su cuenta, jugando y divirtiéndose cuanto podían. El joven -cosa que les suele ocurrir a los tímidos- más que jugar, observaba en Carmen María lo bella y simpática que era; tanto, que no se le iba un solo momento de su imaginación. Por su parte, la chica no parecía hacer lo mismo, dedicándose, con su primo, a jugar, divertirse y disfrutar lo mejor posible de aquel ambiente campestre que no había conocido nunca, sin que diera sensación de otras atenciones hacia el joven. Lo que sí le extrañaba era la gran diferencia de forma de vida que observaba en relación con Cuba, cosa que, incluso, le agradaba por su tranquilidad. Cuba era una ciudad maravillosa, pero muy ajetreada y agobiante. Entretanto, el tiempo seguía pasando: fueron a la playa varias veces, aunque nunca se bañaron. Descalzos pasearon por la arena mojada, charlando de cosas triviales, casi inocentes. Otro día fueron al prado a llevarle la merienda al padre de José Luis, que estaba segando hierba, y se perdieron por el camino, pero llegaron y merendaron los tres, del abundante menú que llevaban. Asistieron a misa los domingos y a varias fiestas, en compañía de los padres de José Luis y la tía cubana, quien les sacó algunas fotos. A Carmen María le encantaba la orquesta Variedades, muy en boga entonces, sobre todo por las canciones del Borracho y la Niña de Puerto Rico; sin embargo, también se divirtieron solos a su manera: jugaron al tenis, juego que José Luis no entendía, pero le enseñó ella; jugaron también, como dos niños, as fabas de color, as tres en raya, a llebre escondida, etc., juegos que el chico tuvo que enseñar a su prima. No hubo juego ni distracción que no hicieran, aprovechando así todo el tiempo que José Luis no tenía ocupado en ayudar a sus padres. Por las noches jugaban a las cartas -aunque no supieran mucho- escuchaban música de una radio, leían Flechas y Pelayos y los cuentos de Mari Pepa (revistas infantiles de entonces), haciendo sus muñecos recortables de cartulina; y rezaban el rosario, al que obligaba la abuela. También se dedicaron mucho a un juego que la chica sabía, que era escribirse mutuamente breves cartas, diciéndose cosas triviales, algo que al chico le gustaba, pues tenía muy buenas ocurrencias para ello. No fue tanto el tiempo, pero fueron muchas horas, y, en los chicos se iba creando, aunque no lo percibían, algo más que una simple amistad. Fueron muchas veces las que se miraron; mucho lo que hablaron y se divirtieron. Fueron varias veces las que se tocaron las manos: él, las suaves, blancas y de largos dedos de ella que, a su vez, sentía las de él, un tanto ásperas, pero cariñosas y tibias. Parecía como no percibirlo, pero se sentían atraídos, conturbados. Quizá sin saberlo, estaban enamorados, sin que jamás pasara por ellos nada inmoral. Estaban “enamorados”, pero ninguno de los dos lo declaraba con palabras: no sabían expresarlo, no se atrevían; sentían rubor o preferían seguir así. Tan pronto pasó aquel tiempo, que ya les quedaban pocos días; tan pocos, que la tía les sorprendió con que había que ir preparando las maletas, ya que dentro de tres o cuatro días marchaban de nuevo para Cuba. La tristeza, sin que nada se dijeran uno al otro, invadió a los jóvenes. Dentro de nada se iban a separar, pensó cada uno, y quizá no se volvieran a ver nunca más, o, si se vieran, ¿Cuándo sería? De todas maneras no perdieron el tiempo pasado y el poco que les faltaba.
      Y llegó el día de la separación. Fue ella la que llevó a cabo la iniciativa de despedida, como cuando llegó a la casa de aquel chico tímido e indiferente: adiós, José Luis. Volveré, le dijo, mirándole fulgurante a los ojos. Le abrazó y le dio otro beso -distinto de aquel primero de llegada-, repitiendo: ¡Adiós, primito! Volveré. Él se quedó mudo, con una triste sonrisa, sin dejar de mirarla, hasta que ella se subió al autobús que les llevaría al puerto del Musel en Gijón, volviendo la vista atrás, detalle que él aprovechó para decirle adiós con la mano, exclamando para si: ¡Se acabó. Me quedo solo…!
Así, con este hermoso, y, a la vez, triste recuerdo, se despertó aquella mañana: no había soñado. Había sido una realidad. Para comprobarlo, sacó de la mesita de noche unas fotos y el pañuelo perfumado y bordado, con su inicial, que Carmen María le había dejado. Algún tiempo después, cuando la chica ya estaba en Cuba, no pudo resistirse, dado su decaído estado de ánimo, a escribirle la siguiente carta –seguramente recordando el juego que le enseñara- con el fin de continuar con ella, aunque fuera en la distancia. La carta iba redactada, más o menos, en estos términos, dada su edad:

     “Te escribo, Carmen María, ya que ni te veo ni puedo hablar contigo. Tenía que ocurrir nuestra triste separación. Siempre soñé. Soñé cosas que se me ocurrían imposibles. Te quería, ahora me doy cuenta con tu ausencia, y te lo puedo decir sin miedo; pero ya es inútil: ¡estás tan lejos! ¡Todo fue tan maravilloso! Nunca te dije ¡te quiero!; pero tú sabías que te quería, y me querías, no sé cómo, pero nos queríamos. Lo sé de cierto, pues aunque joven, sé leer en los ojos. Fue poco el tiempo que estuvimos juntos. ¿Recuerdas qué cortas se hacían las horas cuando paseábamos? Jugueteando corrimos descalzos por la arena de la playa, mientras el agua tibia acariciaba nuestros pies; después, cogidos de la mano, nos mirábamos en silencio y nos vimos reflejados en nuestros ojos, sintiendo una dulce impresión emocional. Luego dijiste muy queda y con disimulo: ¡Qué bonita es la playa y el mar! No, la playa y el mar no son bonitos, -te dije- la bonita eres tú. También lo era nuestro cariño y nunca hablábamos de él. La arena y el agua seguían besando y acariciando tus pies y los míos. Casi por instinto, lentamente, acerqué mis labios a tu boca y murmuraste con dulzura, pero con cierta tristeza, al tiempo que ponías en la mía, tu suave mano: ¡No, José Luis! Eres muy simpático y bueno, primito, pero deja que todo siga como hasta ahora. En nosotros no puede crecer más este inicio de cariño… Dentro de unos días me tendré que marchar y todo lo olvidarás: No quisiera sufrir con el recuerdo pasajero de este cariñoso veranito. Mis labios sintieron rabia y mi corazón saltaba incontrolado. ¿Tú crees que se puede dominar el corazón en un caso así? Nunca me atreví acariciar tu mano, y la tuve entre las mías; aunque, instintivamente, lo hacíamos los dos; nunca por mi cabeza pasaron pensamientos inmorales; nunca intenté nada que pudiera no gustarte. Era muy grande la impresión de cariño que te tenía. Ahora me quedé vacío, solo. No puedo más que soñar y recordar tu compañía y tu mirada azul. Mis pensamientos se irán muriendo hasta que todo esto sea como un sueño del que nunca quisiera despertar. ¡Fueron tan bellos aquellos momentos! ¡Eran tan dulces tus palabras! ¡Eran tan fulgurantes tus ojos, tan lindas y suaves tus manos, que sólo soy feliz cuando sueño este hermoso recuerdo! Cuando leas estas líneas, comprenderás todo lo que sentí cuando estaba contigo. ¡Y yo tan callado y tú disimulando! No puedo olvidar cuando danzabas sobre tus bellos pies, haciendo, en torno tuyo, un gran abanico con tu falda plisada, mientras yo te observaba como si fueras una mariposa. Tampoco puedo olvidar las tres o cuatro veces que nos besamos, todas diferentes, y el dulce aroma del pañuelo que me dejaste. ¿Por qué me camelabas así ?
Sé que la culpa no fue tuya ni mía, o fue de los dos. ¿Cómo terminaría todo si los dos –no sé cómo- nos queríamos? Pero algo más fuerte que nosotros se interpuso, algo contra lo que quise luchar; pero caí vencido ¿Por mi timidez? ¿Por mi infantilismo? ¿Por qué tú hiciste igual? Pienso que los dos somos unos niños y como tales nos comportamos, siendo vencidos sin lucha, a pesar de que nos queríamos como dos jilgueros. Quiero que encuentres la felicidad que surgió entre nosotros. Ya sé que eres casi una niña aún y no comprenderás muy bien lo que te digo yo -todavía más niño- pero sabes amar en silencio. Con más edad, tendremos que aprender a querer manifestándonos. No volveremos a caer en el mismo error, cuando estemos seguros que también alguien nos quiere de verdad ¿como nos queríamos nosotros? Deseo para ti esa felicidad que, inocentemente, presagiaba para mí, contigo; pero que se frustró ¿inevitablemente?
¡Adiós, Carmen María! ¿Volverás?”.

      Un tiempo después, José Luis recibió de la cubanita una carta; carta que decía –en otro sentido, claro- casi igual que la suya. Se escribieron durante algún tiempo, pero todo se fue apagando lentamente. Fue como un espejismo, como una exhalación. (Parece ser –según se supo después- que lo estaba s padres del chico y la tía cubana, observaron algo de este proceder en los muchachos, encargándose la tía de prevenir a su sobrina, quien lo sufrió todo sin que el chico se enterara). Esta fue la historia de aquel primer gran “amor”, fulgurante e inocente, de unos adolescentes, casi niños; teniendo la oportunidad de comentarlo erno recuerdo- chos años después, cuando, ya mayores, se volvieron a ver y cada uno acomodado en su vida familiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario